A veces, lo que se cierra no se dice una sola vez.
A veces, una misma verdad necesita varios trajes.
Esta es una despedida que tiene tres voces: la que dice claro, la que dice
en símbolos, y la que lo dice desde la sombra.
Pero las tres, en el fondo, dicen lo mismo:
Estoy en paz.
Versión I — El claro
Si hoy escribo esto,
es porque lo acepto,
acepto mi culpa
sin
remordimiento.
Escribo, paro y reflexiono,
y no lo espero del resto.
Hasta aquí he
llegado,
gracias pies, por el camino andado.
Ahora, para, respira,
mira a tu alrededor,
¿qué ves? armonía.
Fiel
alegría.
Versión II — El espejo
Hoy escribo, porque el eco ya no duele,
porque la culpa ya no exige
penitencia.
Dejo caer lo que no sostengo,
y lo que me sostuvo, le
doy las gracias.
He sido brasa, incendio y ceniza,
he sido nudo, y también cuerda rota.
Hoy
soy sólo humo que se eleva,
y se disuelve sin querer volver.
Camino sin buscar testigos,
el barro en mis talones me recuerda
que
incluso el tropiezo fue parte del paso,
y que el suelo también bendice.
Respiro.
Y el mundo, por fin, no pesa.
¿Qué veo? Un claro entre los escombros.
Una pausa. Una hoja en su
rama.
La fidelidad simple del sol al horizonte.
Y en mi pecho: un
sí. Pequeño, pero mío.
Versión III — La sombra
He bajado al lugar sin sonido,
donde todo se quiebra y no grita,
donde
el alma conversa en lo hondo
con la carne que aún late marchita.
Allí fui ceniza y espectro,
eco frío de un verbo sin nombre,
he
dormido abrazado al insecto
que anida en la culpa del hombre.
Renuncié al fulgor de la espera,
a la sal que pedía otra herida;
me
cubrí con la túnica austera
de quien ya no exige la vida.
No busqué absolución ni consuelo,
ni el perdón disfrazado de abrigo;
fui
mi propio ataúd y mi cielo,
mi castigo, mi duelo, mi abrigo.
Y al final, al final no hubo estruendo,
ni una voz que dijera “has
vencido”;
sólo el polvo, cayendo, cediendo,
sobre un cuerpo sin
miedo, rendido.
Entonces la paz fue un susurro,
una brisa sin rostro ni urgencia,
y
en la grieta del pecho más duro,
brotó —casi ajena— clemencia.
No hubo luz, ni promesa, ni canto.
Sólo un sí que se dijo hacia
dentro.
Sin aplauso, sin fe, sin encanto.
Un sí tibio, y total. En
el centro.
Tres caminos.
Un mismo final.
Lo que queda no es lo dicho,
sino
el silencio después.
